La razón de ser: la formación integral de la persona

La educación sigue siendo una prioridad en la compañía. Inspirados en San Ignacio, creemos firmemente que educar es fomentar y acompañar a la persona en su crecimiento y su transformación humanas.

    • Horizonte 2020: ¡vamos!
      Nuestro proyecto para transformar la educación
  • Buscamos la formación integral de la persona

    El primer objetivo de un centro educativo de Jesuitas es convertirse en una escuela donde predomine la formación integral de la persona, mostrada como un camino de aprendizaje para convertirse en una persona consciente, competente, compasiva y comprometida.

    Con espíritu evangelizador, trabajamos para propiciar una manera de ser persona que potencie un modelo de sociedad capaz de responder a los valores de solidaridad y justicia social.

    Convertirse en escuelas significa poner el aprendizaje en el centro. En primer lugar, los alumnos y para hacerlo posible hay que poner las condiciones para el aprendizaje de todos los miembros de la comunidad educativa. Creemos que no se puede imaginar una atmósfera educativa sin la implicación y voluntad de aprendizaje del equipo docente. Por ello, valoramos y necesitamos educadores que vivan su vocación profesional con convicción y esperanza.

    Entendemos el tiempo educativo como la oportunidad de vivir un camino hacia la meta de convertirse en persona en un proceso de formación permanente. En este sentido, ser escuela jesuita significa educar y vivir los valores evangélicos y cultivar las virtudes desde la interioridad y la espiritualidad propias de la tradición ignaciana, trabajadas desde la libertad personal y vividas en un entorno de pluralismo y de sentido de la justicia. Queremos contribuir a una sociedad mejor, que busque el bien común, más humana y sensible.

    Nos identificamos y apostamos por una vocación de servicio hacia los demás para estimular la transformación desde las personas, acompañándolas y provocando experiencias "fundantes". Por lo tanto, somos una escuela capaz de desvelar auténticos procesos vitales y vocacionales.

    La tradición ignaciana señala la importancia de educar en la capacidad de buscar la felicidad y el equilibrio personal, desde una libertad profunda, sostenida en convicciones profundas y honradas. Por este motivo, creemos que la escuela es el escenario oportuno para favorecer la capacidad de escuchar con capacidad crítica, a través de la experiencia vital interna, que cultiva la vida interior.

    Poner los alumnos en el centro parte de la convicción de una educación basada en la atención personalizada, que les permita adquirir la flexibilidad necesaria para desarrollar sus convicciones profundas y sus carismas y valores. En este sentido, vemos imprescindible que las escuelas tengamos más competencia comunicativa, para ser capaces de trasladar a las familias mensajes y modelos pedagógicos claros y transparentes y poder caminar juntos en la formación de cada alumno.

    Esta educación humanista en la que creemos y por la que trabajamos, que busca a Dios en el mundo, integra la experiencia humana y busca puentes permanentes con la realidad que nos rodea. Esta actitud hacia los alumnos, la hemos aprendido de la pedagogía ignaciana, que busca que los alumnos se integren en la sociedad para transformarla. Que se conviertan en personas para los demás y con los demás, desde la actitud de poner sus dones al servicio común.