27 de Noviembre de 2025

Entrevista a Roberto Quirós, sj

Roberto Quirós, jesuita y educador, se ha incorporado este año al Sant Ignasi

Alicantino (Petrer, 1983) y jesuita desde 2009, Roberto Quirós se ha incorporado este curso a nuestra escuela. Maestro en Educación Especial, en Audición y Lenguaje, y graduado en Humanidades, ha desarrollado siempre su labor en el ámbito educativo y social, con una profunda sensibilidad hacia las personas más vulnerables.

Imatge
Rober Quirós sj

Háblanos de tu vocación. ¿Cómo decidiste entrar en la Compañía de Jesús?

Mi vocación nació en casa y en la parroquia. Mi madre ha sido un gran referente en mi vida cristiana, la transmisora de la fe y de un Dios cercano. En la parroquia de la Santa Creu de Petrer, mi pueblo, entre gente sencilla y de fe profunda, fui sintiendo la llamada a seguir a Jesús más de cerca. A los 26 años, después de haber formado parte de un grupo de jóvenes cristianos vinculados a los jesuitas, decidí dar el paso de entrar en la Compañía de Jesús en 2009.

Tu primer contacto con la Compañía de Jesús llega a través de las Filles de Sant Josep, congregación fundada por el jesuita catalán P. Butinyà. A partir de ahí conociste a los jesuitas y, en particular, la figura del padre Arrupe. ¿Qué resonó en ti de su biografía?

Como dices, fueron las Filles de Sant Josep quienes me hablaron por primera vez de los jesuitas y, de su mano, conocí quién era Pere Arrupe. Me quedé fascinado al leer su vida. Me dije que, si mi vocación apuntaba a algún lugar, debía parecerse a lo que había descubierto en aquel libro: un seguimiento de Jesús disponible y servicial, atento al sufrimiento del mundo...

Cada momento del camino me ha aportado algo diferente y me ha ofrecido herramientas para vivir con mayor plenitud mi vocación como jesuita.

Antes de entrar en la Compañía de Jesús, estudiaste Magisterio en Educación Especial y trabajaste con niños con autismo. ¿Qué te aportó esa experiencia?

Trabajar con niños con TEA me enseñó a escuchar, a mirar más adentro y a acompañar procesos complejos y difíciles de expresar. Después, como educador jesuita, he descubierto la belleza de enseñar, de despertar preguntas, de ayudar a los jóvenes a encontrar sentido. Aquella paciencia y aquella escucha —como las de un hermano mayor— siguen marcando hoy mi forma de acompañar.

¿Qué destacarías de la larga etapa de formación para ser jesuita?

Nunca la viví como una etapa larga. Cada momento del camino ha aportado algo diferente y me ha ofrecido herramientas para vivir con mayor plenitud mi vocación como jesuita. El noviciado, en Donostia, fue un tiempo de profundización y madurez en mi relación con Dios. Luego estudié Filosofía y Humanidades en Salamanca. En mi siguiente destino, en Oviedo, tuve la oportunidad de conocer y experimentar de primera mano qué significa la misión educativa en la Compañía de Jesús. Posteriormente, en Madrid, cursé Teología y colaboré en el colegio Padre Piquer, acompañando a menores migrantes en su aprendizaje del castellano. A través de ellos me encontré con un Dios que camina junto a quienes intentan abrirse camino lejos de su tierra. También lo experimenté en Boston, donde realicé estudios de Historia de la Iglesia. Fueron dos años intensos, durante los cuales acompañé, como sacerdote, a comunidades de migrantes en Boston y Los Ángeles. Allí descubrí la presencia de Dios en las personas más vulnerables. Al regresar a España, estuve cuatro años en el colegio Nuestra Señora del Recuerdo, en Madrid. Fueron años maravillosos, en los que aprendí a ser sacerdote entre alumnos y profesores, entre aulas y patios.

La Tercera Probación, la última etapa formativa en la Compañía de Jesús, te llevó a Manila, con una inmersión en las realidades de Filipinas y Camboya. ¿Qué impacto tuvo?

Esta experiencia me llevó de nuevo a las raíces de mi vocación, y pude compartir vida y misión con compañeros jesuitas de todo el mundo. Allí me reencontré con el Dios que sigue llamándome y sosteniéndome. También tuve la oportunidad de conocer varios proyectos educativos en países del sudeste asiático, y pasé tres meses en Camboya junto al obispo jesuita Kike Figaredo. Acompañé a personas con discapacidad física, consecuencia de las minas antipersona que todavía marcan la vida del país. Fue una experiencia de fe encarnada, en la que comprendí que el Evangelio se hace más real en los lugares más frágiles.

¿Cómo se integran y se nutren mutuamente tu vocación como jesuita y sacerdote, y la misión educativa?

Mi vida pastoral siempre ha estado vinculada al ámbito educativo y al social. Vivo el sacerdocio con alegría cuando puedo ponerlo al servicio de los alumnos: la eucaristía, especialmente en los retiros, y la reconciliación son para mí espacios de encuentro y crecimiento. Además, los sacerdotes jesuitas que trabajamos en educación estamos llamados a comprometernos con el crecimiento integral de nuestros alumnos, acompañando tanto su formación intelectual como su desarrollo humano y espiritual.

La educación no puede limitarse a transmitir saberes; debe abrir también caminos hacia la interioridad, hacia la pregunta por el sentido y hacia el encuentro con el otro y con Dios.

Ahora, en Barcelona, ¿cuáles son las principales actividades que se te han encomendado?

Mi principal actividad es ser sacerdote y profesor en el colegio Sant Ignasi de Sarrià, una obra educativa con una gran historia en la ciudad de Barcelona. Doy clases de religión e intento estar disponible para lo que alumnos y profesores requieran de mí. Además, colaboro en el Casal Loiola acompañando a jóvenes en su proceso de catequesis de confirmación y de voluntariado.

En el ámbito personal, ¿cómo afrontas el cambio que supone empezar una nueva misión en una ciudad y una comunidad que son nuevas para ti?

Decir que los cambios de destino son fáciles sería mentir; diría que son de las cosas más difíciles de nuestra vida. Si soy sincero, todavía siento añoranza por la gente maravillosa que dejé en Asia y en Madrid, pero afronto este tiempo con ilusión y alegría, confiando en que el Señor se hará presente en esta nueva etapa de mi vida, como lo ha hecho en tantas ocasiones desde que soy jesuita. Además, Dios ya me ha regalado aquí en Barcelona momentos muy bellos de encuentro con personas magníficas.

¿Cuáles han sido tus primeras impresiones de la comunidad educativa del colegio Sant Ignasi y cómo ha sido tu aterrizaje?

Lo cierto es que mis primeras impresiones han sido muy buenas. Los compañeros del colegio me han recibido con una gran acogida y, desde el primer momento, me han mostrado cercanía y disposición para ayudarme. Es cierto que el colegio es muy grande, con muchos profesores y trabajadores, pero confío en que, poco a poco, iré teniendo la oportunidad de conocerlos a todos. Además, me encanta estar rodeado de personas con una vocación tan clara por la educación.

¿Cómo encaras esta etapa en la escuela? Este nuevo destino personal se enmarca en un contexto más amplio, el de los retos que hoy afronta el mundo educativo. ¿Cómo lo ves?

Abordo esta etapa en la escuela con una mirada esperanzada y consciente de los grandes retos que atraviesa el mundo educativo. Vivimos un tiempo de cambios profundos, donde la tecnología, la globalización y la crisis de sentido ponen a prueba la manera en que entendemos la formación de nuestros jóvenes. En este contexto, siento que la espiritualidad adquiere un valor fundamental.

La educación no puede limitarse a transmitir saberes; debe abrir también caminos hacia la interioridad, hacia la pregunta por el sentido y hacia el encuentro con el otro y con Dios. Desde esta perspectiva, esta nueva etapa en la escuela es para mí una oportunidad de acompañar procesos, de ayudar a que cada persona descubra su propio centro, su vocación más honda y el lugar que Dios quiere para cada uno en el mundo.